Miradas
Apodos, muchos apodos, pido ir al baño, pero en realidad tengo que llorar, soy maricona, no me aguanto, y vuelvo con los ojos hinchados, pero nadie se da cuenta, o al menos nadie dice nada. Subo a la combi. Me siento del lado de la ventana, y nadie me habla nunca, y si lo hacen es para boludearme, nada más, y entonces miro por la ventana, del colegio al departamento, Almagro, donde vivo queda al lado de una heladería, pero creo que nunca fui, no, estoy segura de que no. Diez pisos arriba, no es tanto, podría ser más, siempre podría haber sido más, y entonces me bajo, de la combi, y me abre, ella me abre, y cuando llegamos me siento a armar el rompecabezas, de esos casi interminables, que empecé con papá, hasta que llega, él llega y lo saludo, lo abrazo y me saca las manos, salí, salí, que recién llego. Le cuento que en el colegio me tratan mal, pero no hay manera, no me cree, dice que soy caprichosa, antisocial, sí, eso, todo el tiempo esa palabra, que creo que no entiendo bien qué es pero ya sé lo dice porque no tengo amigos. Mamá hace la comida y ellos hablan en la cocina, y en eso le grito a papá que venga, que me ayude a terminar el rompecabezas, y él me escucha, me ignora y me doy cuenta, entonces me largo a llorar, fuerte, y empiezo a entender que lo que me tiene que hacer bien me hace mal, sí, empiezo a entenderlo, mucho después logro entender mejor esa idea, la de empatizar con el enfermo o sufrir. Uhh, otra vez, callala a la nena, me duele la cabeza, ¿no ves que recién llego?
Martín. Estamos acostados, y él me mira, pero desde el no mirarme, desde el mirar hacia delante, esquivando mis ojos, que se clavan en los suyos, que realmente se clavan para verlo a él y nada más que a él, a él que por alguna razón decido quererlo, y que es el mismo que ahora me abraza mirando hacia delante, y, de vez en cuando, bajando la mirada. No hablamos, él me abraza, me acaricia, me deja apoyarme en su pecho, me deja quererlo, sin decirme, sin decirlo, yo me apoyo en su pecho y me callo, eso, no digo nada, y él lo disfruta, la sensación de dejarme a medias, a medio saber, de hacerme sentir confundida. De tener que achicarme, más y más, y desarmarme para volverme a armar en esa forma que es la que encaja, que es la que encaja en él.
Pará, me dice ella, me dice que lo molesto, que papá está cansado, y yo mientras sigo llorando, y grito también, y hace rato que ya no me siento como las otras nenas, soy distinta, ya sé, ahora soy diminuta, los adultos se vuelven gigantes que me agarran con dos dedos, y sólo queda resignarse, eso, amoldarse. Lloro y grito más fuerte, y trato de explicarle a ella, le pido que entienda, pero no lo hace, y no lo va a hacer nunca, aunque en ese momento no lo sepa. Llorando lo irrito a él, y lo sé, por eso se lo pide, traémelo dice, y ella lo busca pero no lo encuentra, ya sé lo que viene, él me arrastra, se me levanta la remera y siento el piso frío en mi panza, me tira del pelo fuerte, y me lleva al baño. Me baja los pantalones de un tirón, y uno, dos, tres, y se multiplica ese sonido, ese paf, cinturón y piel, con intervalo perfecto, intervalo perfecto de silencio entre los golpes, esa especie de “ta…ta…”. Miro en el espejo del baño y ahí está su mirada, inconfundible, pará, ya está, me voy a portar bien papá, y dejala, por favor, ella llora, le suplica, pero él no para, ni por ella ni por mí, y yo mientras pienso en otra cosa, en cualquier cosa: me distraigo con lo primero que viene, por el tiempo que toca.
Me siento en el banco de dirección, mientras mi maestra habla con mis papás, y les dice algo de que pregunto mucho qué en clase, de que no la escucho cuando habla, y yo no sé, no veo qué tiene de malo, y ella sigue, les dice que me hagan estudios, que podría tener un problema auditivo, porque no estoy escuchando bien, que eso seguro. Y me confundo, porque no consigo entender, porque no sé bien a qué se refiere mi maestra, creo que más bien estoy contenta de que me hayan venido a buscar, y de no tener que volverme en la combi.
Nos sentamos en la cafetería, apenas lo conozco y es sincero, o parece sincero, y yo pido un cortado, como ya muchas veces, y él pide café con leche, y no sé por qué, pero cuando lo hace me parece un nene, un nene grande. Lo miro bien fijo, y él también, eso me gusta, me sigue, y me habla, mucho, que no se quién dijo que no sé qué, porque no sé cuánto, ajá, es inteligente y lo sé, aunque me lleve varios años y cualquiera me pudiera parecer. ¿Y vos? ¿Vos qué pensás? Me río, y le contesto. ¿Yo? Creo que me falta mucho para saber qué es lo que pienso.
Fonoaudiólogo, cabina, auriculares. Tengo que apretar un botón cuando escucho algo, y cuando salgo me sientan y me dicen que no escucho de un oído, que contraje un virus que me cortó un nervio auditivo, y mucho blablá que no sé, que no entiendo para qué me lo dicen. ¿Nada? ¿No escucho nada de éste? Si lo único que llego a entender es que un oído mío ya está muerto. No, ya te dije nena, nada.
Estamos tirados en la cama. Nos miramos un rato. Es un mentiroso, y yo sé. Él no sabe que yo sé, no sabe nada de lo que yo sé de él, por eso me mira así. Y me gusta tanto esa mirada, porque es como la mirada de mi viejo, como la de Martín, como la de ese doctor aquella vez, como la de algunos de mis compañeros. Es la mirada de quién sabe que te está haciendo mierda. Y con gusto.
La mejor fokin publicación de todas, me encanta
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