Tornillos
Nos reímos. Lo miro a los ojos. Bien fuerte. Le agarro el brazo, y tironeo. Lo acerco hacia mí. Quedamos cerca, demasiado cerca. Y le rompo la boca, sí, yo, y él me sigue, y lo rodeo con mis brazos, lo agarro, y en eso, él me separa. Me corre. No, pará. En serio. Y se va.
La caja de herramientas de papá. La abro cuando no está, y revuelvo, le toco las cosas, sé que no le gusta, sé que le molesta, entonces cuando se va lo hago, para que no me vea, y entonces no sepa. Tornillos. Tiene muchos, muchísimos, los veo y me divierte tocarlos, desordenarlos, porque los veo tan ordenados, cada uno en su casillero, en la cajita, grandes, chicos, y no tan chicos, y no tan grandes, y todos con forma de espiral. Agarro uno y le paso el dedo, y aprieto fuerte la punta contra mi pulgar para ver si pincha, y como no duele aprieto más, y más fuerte, hasta que sí, hasta que duela.
Ahora está cantando. Yo le miro las zapatillas, miro como se mueven, y después subo, y le miro la cara, los ojos cerrados, y bajo a los dedos, que se mueven, que no paran de moverse, y voy a los pies otra vez, que bailan, que están bailando. Suena fuerte. Vuelvo a mirarle los ojos, cerrados, y casi hago fuerza, para que los abra, para que vea, como si me molestaran, los ojos dormidos, como un paquete cerrado, que molesta, que dan ganas de abrirlo. Y él sigue con los ojos cerrados, cantando, y en eso levanta una mano y la apoya en el aire, y mueve los dedos, y me dan ganas de pincharlo, de pincharlo bien fuerte, para despertarlo, para que los abra, para que abra los ojos.
Pasó bastante rato. Él me dijo que me quedara, que cuando a él le pareciera que yo había recapacitado, que ahí me iba a dejar salir. Pero pasó tiempo, bastante. Empiezo a pensar que se quedó dormido. Quiero creer que no, que mejor pensar en otra cosa, que cuando menos lo espere voy a escuchar los pasos, desde su cuarto hasta la puerta del baño, y el ruido de la llave, girando. Pero no pasa. Y el tiempo sí. El tiempo sí pasa. Me acuesto en el piso y lloro, despacio. Y me duermo yo.
Estoy sentada. Él me pasa por al lado, como si nada, me ignora, mientras yo lo veo, mientras yo lo veo pasar, alto, muy alto, mientras mi cabeza está hacia arriba, yo, desde abajo. Y no, no me ve. Y sus tobillos, me dan ganas de agarrárselos, de agarrarle los tobillos y hacerlo caer, y agarrarlo con fuerza, y no dejarlo ir, y que me mire, que me mire mientras lo arrastro, desesperada, de los tobillos.
Vaga, me dice que soy una vaga, que no voy a llegar a nada así, que me porto mal, que no lo respeto, a él, a mi papá, que no lo valoro, eso, que soy una desagradecida. No le contesto. Él sigue, me grita, me dice que no llore, que no sea maricona, que si sigo voy a ligar. Que no puedo quedarme sentada, ahí, llorando, por todo, que no hago nada bien, que no hago nada, que tengo que hacer algo. Hacer algo.
Se agacha, creo que vio algo en el piso, y se ríe, y me dice tomá, el tornillo que se te cayó, y me lo da, me pone un tornillo en la mano, y nos reímos, aunque yo me ría de compromiso, o de ironía, de que sea gracioso, un tornillo, un pinchazo, él me lo da y lo guardo en mi puño, debe ser porque todavía no me pinche demasiado, que me lo da, que falta. Y él me abraza, me dice que siga bien, y que me cuide, que me cuide mucho. Y se va, y me deja ahí, sola, con el tornillo en el puño cerrado, con ese pinchazo que me falta, con esa decisión, con la duda, con los ojos cerrados, sí, también, que no saben qué hacer, que no saben qué significa qué, si abrirse es pincharse o no, o viceversa, o si abrirse es tirar el tornillo, y que vuelva, que vuelva a ese lugar donde estaba antes.