viernes, 21 de octubre de 2011

Miradas
Apodos, muchos apodos, pido ir al baño, pero en realidad tengo que llorar, soy maricona, no me aguanto, y vuelvo con los ojos hinchados, pero nadie se da cuenta, o al menos nadie dice nada. Subo a la combi. Me siento del lado de la ventana, y nadie me habla nunca, y si lo hacen es para boludearme, nada más, y entonces miro por la ventana, del colegio al departamento, Almagro, donde vivo queda al lado de una heladería, pero creo que nunca fui, no, estoy segura de que no. Diez pisos arriba, no es tanto, podría ser más, siempre podría haber sido más, y entonces me bajo, de la combi, y me abre, ella me abre, y cuando llegamos me siento a armar el rompecabezas, de esos casi interminables, que empecé con papá, hasta que llega, él llega y lo saludo, lo abrazo y me saca las manos, salí, salí, que recién llego. Le cuento que en el colegio me tratan mal, pero no hay manera, no me cree, dice que soy caprichosa, antisocial, sí, eso, todo el tiempo esa palabra, que creo que no entiendo bien qué es pero ya sé lo dice porque no tengo amigos. Mamá hace la comida y ellos hablan en la cocina, y en eso le grito a papá que venga, que me ayude a terminar el rompecabezas, y él me escucha, me ignora y me doy cuenta, entonces me largo a llorar, fuerte, y empiezo a entender que lo que me tiene que hacer bien me hace mal, sí, empiezo a entenderlo, mucho después logro entender mejor esa idea, la de empatizar con el enfermo o sufrir. Uhh, otra vez, callala a la nena, me duele la cabeza, ¿no ves que recién llego?
Martín. Estamos acostados, y él me mira,  pero desde el no mirarme, desde el mirar hacia delante, esquivando mis ojos, que se clavan en los suyos, que realmente se clavan para verlo a él y nada más que a él, a él que por alguna razón decido quererlo, y que es el mismo que ahora me abraza mirando hacia delante, y, de vez en cuando, bajando la mirada. No hablamos, él me abraza, me acaricia, me deja apoyarme en su pecho, me deja quererlo, sin decirme, sin decirlo, yo me apoyo en su pecho y me callo, eso, no digo nada, y él lo disfruta, la sensación de dejarme a medias, a medio saber, de hacerme sentir confundida. De tener que achicarme, más y más, y desarmarme para volverme a armar en esa forma que es la que encaja, que es la que encaja en él.
Pará, me dice ella, me dice que lo molesto, que papá está cansado, y yo mientras sigo llorando, y grito también, y hace rato que ya no me siento como las otras nenas, soy distinta, ya sé, ahora soy diminuta, los adultos se vuelven gigantes que me agarran con dos dedos, y sólo queda resignarse, eso, amoldarse. Lloro y grito más fuerte, y trato de explicarle a ella, le pido que entienda, pero no lo hace, y no lo va a hacer nunca, aunque en ese momento no lo sepa.  Llorando lo irrito a él, y lo sé, por eso se lo pide, traémelo dice, y ella lo busca pero no lo encuentra, ya sé lo que viene, él me arrastra, se me levanta la remera y siento el piso frío en mi panza, me tira del pelo fuerte, y me lleva al baño. Me baja los pantalones de un tirón, y uno, dos, tres, y se multiplica ese sonido, ese paf, cinturón y piel, con intervalo perfecto, intervalo perfecto de silencio entre los golpes, esa especie de “ta…ta…”. Miro en el espejo del baño y ahí está su mirada, inconfundible, pará, ya está, me voy a portar bien papá, y dejala, por favor, ella llora, le suplica, pero él no para, ni por ella ni por mí, y yo mientras pienso en otra cosa, en cualquier cosa: me distraigo con lo primero que viene, por el tiempo que toca.
Me siento en el banco de dirección, mientras mi maestra habla con mis papás, y les dice algo de que pregunto mucho qué en clase, de que no la escucho cuando habla, y yo no sé, no veo qué tiene de malo, y ella sigue, les dice que me hagan estudios, que podría tener un problema auditivo, porque no estoy escuchando bien, que eso seguro. Y me confundo, porque no consigo entender, porque no sé bien a qué se refiere mi maestra, creo que más bien estoy contenta de que me hayan venido a buscar, y de no tener que volverme en la combi.
            Nos sentamos en la cafetería, apenas lo conozco y es sincero, o parece sincero, y yo pido un cortado, como ya muchas veces, y él pide café con leche, y no sé por qué, pero cuando lo hace me parece un nene, un nene grande. Lo miro bien fijo, y él también, eso me gusta, me sigue, y me habla, mucho, que no se quién dijo que no sé qué, porque no sé cuánto, ajá, es inteligente y lo sé, aunque me lleve varios años y cualquiera me pudiera parecer. ¿Y vos? ¿Vos qué pensás? Me río, y le contesto. ¿Yo? Creo que me falta mucho para saber qué es lo que pienso.
Fonoaudiólogo, cabina, auriculares. Tengo que apretar un botón cuando escucho algo, y cuando salgo me sientan y me dicen que no escucho de un oído, que contraje un virus que me cortó un nervio auditivo, y mucho blablá que no sé, que no entiendo para qué me lo dicen. ¿Nada? ¿No escucho nada de éste? Si lo único que llego a entender es que un oído mío ya está muerto. No, ya te dije nena, nada.
Estamos tirados en la cama. Nos miramos un rato. Es un mentiroso, y yo sé. Él no sabe que yo sé, no sabe nada de lo que yo sé de él, por eso me mira así. Y me gusta tanto esa mirada, porque es como la mirada de mi viejo, como la de Martín, como la de ese doctor aquella vez, como la de algunos de mis compañeros. Es la mirada de quién sabe que te está haciendo mierda. Y con gusto.


jueves, 6 de octubre de 2011

Me mete la lengua, cada vez más rápido. Me agarra del cuello fuerte con una mano, y con la otra me toca las tetas, y baja, me mete la mano por adentro de la bombacha y mueve los dedos, para todos lados, y me los cuela mientras le pido que siga, así que querés que siga, sí, seguí, no pares, seguí. Yo le meto la mano por abajo del pantalón, y lo toco, primero despacio, hasta que se vuelve loco, y me trata de corregir con la suya, su mano, para que haga más rápido, como si no estuviera haciéndolo a propósito, tocarlo despacio, y entonces lo masturbo más rápido y más, mientras él me sigue metiendo los dedos, y en eso lo freno, le saco la mano y le digo que me la meta, que ya, y entonces me saco el pantalón, abro las piernas y él me entra, me la mete fuerte, con los pantalones a medio sacar, mientras me agarra de la espalda, y yo lo abrazo, y nuestras caras se rozan, pero no nos besamos, y le grito, le pido que siga, mientras dejo de abrazarlo para rasguñarle la espalda, porque me confundo, porque me siento tan bien pero a la vez no, pero a la vez lo odio, lo odio por rozarme la cara y no besarme, lo odio por querer acabarme y nada más, y entonces lo rasguño, pero parece gustarle, y me rasguña él también, me clava las uñas y duele, y le grito, le digo que me está haciendo mierda y le gusta, y me empuja contra la pared, y me raspo la espalda, y seguimos, y me pregunta si quiero que me acabe, y le digo que sí, que ya, que me acabe, que lo odio, que por favor, que me acabe toda, y entonces me agarra fuerte, y más fuerte, y más fuerte, hasta que me suelta.
            Le digo que se ocupe, que se fije, que mi hermana no está bien, que no hace otra cosa que encerrarse en su cuarto, que hace rato las cosas no están bien en casa. Me contesta siempre lo mismo, en el mismo tono, que para mí es fácil hablar, que no soy madre de nadie, que yo no le voy a decir cómo hacer las cosas a ella, y que a mi hermana no le pasa nada, que está bien, que es normal. Yo ya no sé que contestarle, y entonces me quedo callada, en el mismo lugar de siempre, pensando que no queda nada por decir, que no sirve decir nada, que no hay nada en el mundo que yo pueda hacer para evitar esa impotencia, esas ganas de darle a mi vieja unos anteojos, bien grandes, para que vea, para que al fin pueda ver eso que yo veo, mi hermana escuchando música por horas, sola, llorando, y a ella, a mi vieja tan dejada, ya obesa, con ese título de la UBA perdido, vaya a saber uno dónde, y con esa mente inactiva, con esa genialidad que sé que tiene perdida, y yo deseando que esa pérdida no sea indeclinable, aunque pienso que quizás sea así, y que ya no hay nada por hacer contra eso.  Y la miro así, con ojos tristes, y me quiebro por ella, de verla así, tan corrupta, tan desencontrada.
Sube la persiana y me levanta, dale, que llegás tarde, y me levanto, apoyo los pies sobre la baldosa y me saco la ropa, tengo frío, pero pienso que ya va a pasar, que ya me pongo el uniforme. Ella me peina, mi pelo, que está enredado, como el suyo, me pasa el cepillo con fuerza, y le digo que me duele, y me dice que aguante, sólo eso: aguantá. Y sigue, hasta que el pelo queda peinado, aunque a mi no me parezca tanto, pero a ella sí, para ella sí. Después me hace dos trenzas, bien gruesas, porque tengo mucho pelo, y me quedan ridículas, y yo sé, pero creo que para ella no, entonces prefiero no decir nada, y dejar que me peine como quiera. Me alcanza la mochila y me da un beso en el cachete, de esos que uno no sabe definir, de esos que no se sabe si son cariñosos o fríos, porque son raros, y nunca se termina de entenderlos. Me acompaña hasta la puerta y me mira mientras salgo, hasta que me subo a la camioneta. Y mientras me voy la veo darse vuelta, le miro la espalda y el pelo despeinado, hasta que se hace cada vez más chiquita la figura, y ya no puedo definirla.
            Está en la palma de mi mano. Parece un pedazo de papel. Me lo pongo en la boca. No es la primera vez, no, ya lo hice varias veces, por eso ya sé que hoy no duermo, ya sé que hoy va a ser una noche larga. Ya me empieza a doler el pecho. Algunos cantan, otros gritan. Otros se arrastran por el piso. Yo estoy sentada, quieta. Y no puedo hablar, lo único que hago es pensar, eso, pensar mucho. La música se hace cada vez más fuerte. Tomo del vaso. Y de repente algo se mueve, adentro, los hielos se mueven y toman forma, y ahora son fetos, que están ahí, muertos, flotando. Suelto el vaso, me imagino que lo suelto, que dejo que se caiga, que explota ese vidrio, con todo eso adentro, y con los hielos, y que se disuelven, ahí, en el piso, me imagino que se deshacen y que me libro, que los dejo ir, que los tengo que dejar ir. Pero no. Vuelvo a la realidad. Agarro fuerte el vaso. Y tomo.
            Estamos acostados, desnudos. No hablamos, creo que porque no hay nada que decir, está todo demasiado acentuado, la autodestrucción, mía, la de dejarme usar; y su desinterés, su molestia de que mis piernas, estén ahí rozando las suyas, de que mi pelo esté pinchándole el cuello, de que yo esté ahí, al lado de él, y de que no me haya ido. Quiero abrazarlo. Quiero llorar, y pedirle que me quiera un rato, de mentira, y explicarle que estoy rota, que no me importa quienes seamos, que me abrace, que me quiero sentir unida, por un momento, y que después si quiere que me odie, que no me importa, que da igual, que sólo quiero ese cariño ficticio para sentir que soy algo más que lo que creo que soy, que lo que, de hecho, estoy siendo en este momento, que necesito que me mienta. Quiero decirle que por eso lo quiero, a él, porque necesito que me lastimen, que me desprecien, que me demuestren que no valgo nada, que necesito jugar con eso, porque es lo único que me sale hacer, porque es esa morbosidad la que me llena. Pero me quedo callada. Él me da la mano, y me la acaricia. Yo hago lo mismo, le acaricio la mano, pero fuerte al principio y suave después. Él me la aprieta fuerte. Quiero querer soltarlo, querer sacarle la mano e irme, quiero poder dejarlo ahí, a él, sólo, desnudo, tirado, en la cama. Pero no quiero. Él me aprieta más fuerte, y yo dejo que mi mano duerma, que se ajuste, que se acostumbre, que se deje.
            En la oficina todo está ordenado, las facturas por fecha, muchos papeles divididos, en estanterías, sobres apilados, perfectos, nuevos. Todos los sellos en un cajón. Lo único que tengo que hacer es encontrar las facturas que me dicen, y pasarlas a la computadora. Es un trabajo fácil porque no tengo que pensar mucho, por eso mientras tipeo no pienso en las exportaciones de carne para perros a Uruguay, si no que pienso en cualquier otra cosa, generalmente en qué estará haciendo Martín, o en cuánto falta para irme, o en qué voy a hacer el fin de semana, o en la facultad, en si seguir estudiando, o no, o simplemente en algo tan monótono y tan intrascendente como en el ruido de mi tipeo, rápido, constante, que a pesar de mis pensamientos no cesa, sigue, y por un momento soy eso, me vuelvo ese tipeo interminable, infinito, esos golpes que no cesan, pero que no significan nada, que son números, o letras, que no me interesan, que no me pertenecen, si no que es algo más para dejar ahí, en el documento de Word. Algo más para poder irme, para terminar, e irme. Y el ruido de la lluvia se inserta de repente entre esos golpes, y me acuerdo de que está lloviendo, de que desde la mañana que no para de llover. Pienso entonces, que si no para, voy a tener que mojarme, indefectiblemente. Que al final, sería otra más de todas esas cosas, que uno no puede cambiar, por más que quiera.