domingo, 16 de noviembre de 2014

Una más. Me sirvo agua de la canilla. Agarro justo ese vaso que tiene el borde roto. No me había dado cuenta de que tenía un vaso roto. Ahora ya está, el ruido del plástico es fuerte porque no hay música, me la meto en la boca y tomo agua. Él dice poco. Dice a todo que sí con pocas ganas. Le hago preguntas todo el tiempo. ¿Te gusta? sí. No puse música por eso cuando no hablamos se escucha el ruido de la heladera porque la tengo en el living. El pelo tirante, de él,  y mi pelo mojado. El baño fue rápido porque me avisó tarde que venía. La mesa en el medio. Las formas son siempre las mismas. Hay silencio por un rato hasta que uno de los dos agarre al otro. Me levanto y le toco el brazo. Él me sienta arriba suyo y me transa despacio. La barba pincha, un poco. No sé si me molesta o me gusta. Estamos en la cama. Me transa y me mete la mano por la bombacha pero no me saca la ropa. La tele está prendida y trato de ponerle sentido a lo que escucho y armar la escena. Él me agarra del cuello fuerte mientras me toca. Lo muevo para que quede mirando para arriba y se la toco. Le saco el pantalón y el calzoncillo a la vez. Me la meto en la boca. Se siente mojada. Mi pelo enredado se apoya sobre su panza. Él no dice nada, no se mueve, pero me doy cuenta que le gusta. Le pido que me la meta, ahora, le digo. Cogemos. Yo le grito. Él no. Tiene los ojos cerrados. ¿Te gusta? sí. Me siento mejor. Es la pastilla, pienso. En la televisión se están peleando, pero no se por qué. Me la sigue metiendo. El ritmo es descoordinado y no entiendo. Algo me gusta. Terminamos, me abraza, siento que es casi obligatorio. Se siguen escuchando los gritos. Nosotros no hablamos. Me rodea con el brazo. De fondo el ruido de la heladera. Tengo sueño. Voy a dormir, con la misma sensación que tengo de la película: la de que algo está mal y no sé qué es.

lunes, 13 de febrero de 2012

Meto las piernas en el vestido, me lo subo, despacio, me acomodo los breteles del corpiño por abajo de los del vestido para que no se vean, los zapatos arriba de la silla, los agarro con una mano y me siento en la cama, me los pongo, paso la tira de cuero por el abrojo y me los abrocho, bien ajustados, me levanto, camino hasta el espejo y me miro, me despeino un poco, me acerco un poco más y me miro fijo a la cara, tengo el delineador corrido en un ojo, me paso el dedo y trato de limpiarlo, pero no sale, entonces lo dejo, y me quedo ahí, un rato, frente a esa mancha que tengo, y quedo pensando en eso, en sacármela, todo el tiempo, como si fuera algo automático: estar manchada y tener que limpiarse.
Papá me dice que sí, después de insistirle mucho, me dice que me lleva, caminamos hasta la plaza, voy siguiéndole el paso rápido, y cuando llegamos me siento en la hamaca y le pido que me empuje, él casi no habla, ni siquiera me dice que sí, sólo se pone atrás mío y me hamaca, rápido, cierro el puño bien fuerte sobre las sogas, me da esa sensación de poder caerme, en cualquier momento, pienso en decirle que lo haga más lento, pero no, se va a enojar, y entonces no digo nada.
Le pido al taxi que me deje a media cuadra, le doy veinte pesos y bajo, me prendo un cigarrillo y camino, llego hasta la puerta y freno, no sé si entrar o quedarme afuera, entonces camino hacia atrás y me siento en un escalón, tengo el cigarrillo en la mano, pero casi no lo fumo, mientras me miro las piernas, lastimadas, y subo, miro más arriba y me veo tapada, de negro, como si fuese irónico, tener tapado eso que está sano. Se me apaga el cigarrillo solo y lo tiro, y me quedo un rato sentada, mirando un tipo en la esquina esperando el colectivo, miro el reloj, es tarde, y me levanto, camino otra vez hasta la puerta y la abro, y entro.
Escucho un ruido que me despierta, me levanto de la cama y voy hasta el living, está papá gritando, miro el piso y está la biblioteca tirada, con todos los libros deambulando por cualquier lado, mamá le discute, se gritan fuerte y yo quedo ahí, quieta, me sacudo las lágrimas con las manos, y papá se acerca y me dice que me vaya a dormir, que no me meta, que son cosas de grandes.
Vuelvo a casa, meto la llave en la cerradura y la giro, y empujo la puerta con fuerza, entro, me siento en la cama y me saco los zapatos, me desprendo el vestido, me lo saco, y después el corpiño, voy a buscar el pijama y en eso paso por el espejo, me veo el cuerpo desnudo un rato, como de asombro, como lo que tarda uno en reconocerse, subo a la cara y me veo la mancha, que sigue ahí, que me había olvidado, pero que sigue ahí. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Miradas
Apodos, muchos apodos, pido ir al baño, pero en realidad tengo que llorar, soy maricona, no me aguanto, y vuelvo con los ojos hinchados, pero nadie se da cuenta, o al menos nadie dice nada. Subo a la combi. Me siento del lado de la ventana, y nadie me habla nunca, y si lo hacen es para boludearme, nada más, y entonces miro por la ventana, del colegio al departamento, Almagro, donde vivo queda al lado de una heladería, pero creo que nunca fui, no, estoy segura de que no. Diez pisos arriba, no es tanto, podría ser más, siempre podría haber sido más, y entonces me bajo, de la combi, y me abre, ella me abre, y cuando llegamos me siento a armar el rompecabezas, de esos casi interminables, que empecé con papá, hasta que llega, él llega y lo saludo, lo abrazo y me saca las manos, salí, salí, que recién llego. Le cuento que en el colegio me tratan mal, pero no hay manera, no me cree, dice que soy caprichosa, antisocial, sí, eso, todo el tiempo esa palabra, que creo que no entiendo bien qué es pero ya sé lo dice porque no tengo amigos. Mamá hace la comida y ellos hablan en la cocina, y en eso le grito a papá que venga, que me ayude a terminar el rompecabezas, y él me escucha, me ignora y me doy cuenta, entonces me largo a llorar, fuerte, y empiezo a entender que lo que me tiene que hacer bien me hace mal, sí, empiezo a entenderlo, mucho después logro entender mejor esa idea, la de empatizar con el enfermo o sufrir. Uhh, otra vez, callala a la nena, me duele la cabeza, ¿no ves que recién llego?
Martín. Estamos acostados, y él me mira,  pero desde el no mirarme, desde el mirar hacia delante, esquivando mis ojos, que se clavan en los suyos, que realmente se clavan para verlo a él y nada más que a él, a él que por alguna razón decido quererlo, y que es el mismo que ahora me abraza mirando hacia delante, y, de vez en cuando, bajando la mirada. No hablamos, él me abraza, me acaricia, me deja apoyarme en su pecho, me deja quererlo, sin decirme, sin decirlo, yo me apoyo en su pecho y me callo, eso, no digo nada, y él lo disfruta, la sensación de dejarme a medias, a medio saber, de hacerme sentir confundida. De tener que achicarme, más y más, y desarmarme para volverme a armar en esa forma que es la que encaja, que es la que encaja en él.
Pará, me dice ella, me dice que lo molesto, que papá está cansado, y yo mientras sigo llorando, y grito también, y hace rato que ya no me siento como las otras nenas, soy distinta, ya sé, ahora soy diminuta, los adultos se vuelven gigantes que me agarran con dos dedos, y sólo queda resignarse, eso, amoldarse. Lloro y grito más fuerte, y trato de explicarle a ella, le pido que entienda, pero no lo hace, y no lo va a hacer nunca, aunque en ese momento no lo sepa.  Llorando lo irrito a él, y lo sé, por eso se lo pide, traémelo dice, y ella lo busca pero no lo encuentra, ya sé lo que viene, él me arrastra, se me levanta la remera y siento el piso frío en mi panza, me tira del pelo fuerte, y me lleva al baño. Me baja los pantalones de un tirón, y uno, dos, tres, y se multiplica ese sonido, ese paf, cinturón y piel, con intervalo perfecto, intervalo perfecto de silencio entre los golpes, esa especie de “ta…ta…”. Miro en el espejo del baño y ahí está su mirada, inconfundible, pará, ya está, me voy a portar bien papá, y dejala, por favor, ella llora, le suplica, pero él no para, ni por ella ni por mí, y yo mientras pienso en otra cosa, en cualquier cosa: me distraigo con lo primero que viene, por el tiempo que toca.
Me siento en el banco de dirección, mientras mi maestra habla con mis papás, y les dice algo de que pregunto mucho qué en clase, de que no la escucho cuando habla, y yo no sé, no veo qué tiene de malo, y ella sigue, les dice que me hagan estudios, que podría tener un problema auditivo, porque no estoy escuchando bien, que eso seguro. Y me confundo, porque no consigo entender, porque no sé bien a qué se refiere mi maestra, creo que más bien estoy contenta de que me hayan venido a buscar, y de no tener que volverme en la combi.
            Nos sentamos en la cafetería, apenas lo conozco y es sincero, o parece sincero, y yo pido un cortado, como ya muchas veces, y él pide café con leche, y no sé por qué, pero cuando lo hace me parece un nene, un nene grande. Lo miro bien fijo, y él también, eso me gusta, me sigue, y me habla, mucho, que no se quién dijo que no sé qué, porque no sé cuánto, ajá, es inteligente y lo sé, aunque me lleve varios años y cualquiera me pudiera parecer. ¿Y vos? ¿Vos qué pensás? Me río, y le contesto. ¿Yo? Creo que me falta mucho para saber qué es lo que pienso.
Fonoaudiólogo, cabina, auriculares. Tengo que apretar un botón cuando escucho algo, y cuando salgo me sientan y me dicen que no escucho de un oído, que contraje un virus que me cortó un nervio auditivo, y mucho blablá que no sé, que no entiendo para qué me lo dicen. ¿Nada? ¿No escucho nada de éste? Si lo único que llego a entender es que un oído mío ya está muerto. No, ya te dije nena, nada.
Estamos tirados en la cama. Nos miramos un rato. Es un mentiroso, y yo sé. Él no sabe que yo sé, no sabe nada de lo que yo sé de él, por eso me mira así. Y me gusta tanto esa mirada, porque es como la mirada de mi viejo, como la de Martín, como la de ese doctor aquella vez, como la de algunos de mis compañeros. Es la mirada de quién sabe que te está haciendo mierda. Y con gusto.


jueves, 6 de octubre de 2011

Me mete la lengua, cada vez más rápido. Me agarra del cuello fuerte con una mano, y con la otra me toca las tetas, y baja, me mete la mano por adentro de la bombacha y mueve los dedos, para todos lados, y me los cuela mientras le pido que siga, así que querés que siga, sí, seguí, no pares, seguí. Yo le meto la mano por abajo del pantalón, y lo toco, primero despacio, hasta que se vuelve loco, y me trata de corregir con la suya, su mano, para que haga más rápido, como si no estuviera haciéndolo a propósito, tocarlo despacio, y entonces lo masturbo más rápido y más, mientras él me sigue metiendo los dedos, y en eso lo freno, le saco la mano y le digo que me la meta, que ya, y entonces me saco el pantalón, abro las piernas y él me entra, me la mete fuerte, con los pantalones a medio sacar, mientras me agarra de la espalda, y yo lo abrazo, y nuestras caras se rozan, pero no nos besamos, y le grito, le pido que siga, mientras dejo de abrazarlo para rasguñarle la espalda, porque me confundo, porque me siento tan bien pero a la vez no, pero a la vez lo odio, lo odio por rozarme la cara y no besarme, lo odio por querer acabarme y nada más, y entonces lo rasguño, pero parece gustarle, y me rasguña él también, me clava las uñas y duele, y le grito, le digo que me está haciendo mierda y le gusta, y me empuja contra la pared, y me raspo la espalda, y seguimos, y me pregunta si quiero que me acabe, y le digo que sí, que ya, que me acabe, que lo odio, que por favor, que me acabe toda, y entonces me agarra fuerte, y más fuerte, y más fuerte, hasta que me suelta.
            Le digo que se ocupe, que se fije, que mi hermana no está bien, que no hace otra cosa que encerrarse en su cuarto, que hace rato las cosas no están bien en casa. Me contesta siempre lo mismo, en el mismo tono, que para mí es fácil hablar, que no soy madre de nadie, que yo no le voy a decir cómo hacer las cosas a ella, y que a mi hermana no le pasa nada, que está bien, que es normal. Yo ya no sé que contestarle, y entonces me quedo callada, en el mismo lugar de siempre, pensando que no queda nada por decir, que no sirve decir nada, que no hay nada en el mundo que yo pueda hacer para evitar esa impotencia, esas ganas de darle a mi vieja unos anteojos, bien grandes, para que vea, para que al fin pueda ver eso que yo veo, mi hermana escuchando música por horas, sola, llorando, y a ella, a mi vieja tan dejada, ya obesa, con ese título de la UBA perdido, vaya a saber uno dónde, y con esa mente inactiva, con esa genialidad que sé que tiene perdida, y yo deseando que esa pérdida no sea indeclinable, aunque pienso que quizás sea así, y que ya no hay nada por hacer contra eso.  Y la miro así, con ojos tristes, y me quiebro por ella, de verla así, tan corrupta, tan desencontrada.
Sube la persiana y me levanta, dale, que llegás tarde, y me levanto, apoyo los pies sobre la baldosa y me saco la ropa, tengo frío, pero pienso que ya va a pasar, que ya me pongo el uniforme. Ella me peina, mi pelo, que está enredado, como el suyo, me pasa el cepillo con fuerza, y le digo que me duele, y me dice que aguante, sólo eso: aguantá. Y sigue, hasta que el pelo queda peinado, aunque a mi no me parezca tanto, pero a ella sí, para ella sí. Después me hace dos trenzas, bien gruesas, porque tengo mucho pelo, y me quedan ridículas, y yo sé, pero creo que para ella no, entonces prefiero no decir nada, y dejar que me peine como quiera. Me alcanza la mochila y me da un beso en el cachete, de esos que uno no sabe definir, de esos que no se sabe si son cariñosos o fríos, porque son raros, y nunca se termina de entenderlos. Me acompaña hasta la puerta y me mira mientras salgo, hasta que me subo a la camioneta. Y mientras me voy la veo darse vuelta, le miro la espalda y el pelo despeinado, hasta que se hace cada vez más chiquita la figura, y ya no puedo definirla.
            Está en la palma de mi mano. Parece un pedazo de papel. Me lo pongo en la boca. No es la primera vez, no, ya lo hice varias veces, por eso ya sé que hoy no duermo, ya sé que hoy va a ser una noche larga. Ya me empieza a doler el pecho. Algunos cantan, otros gritan. Otros se arrastran por el piso. Yo estoy sentada, quieta. Y no puedo hablar, lo único que hago es pensar, eso, pensar mucho. La música se hace cada vez más fuerte. Tomo del vaso. Y de repente algo se mueve, adentro, los hielos se mueven y toman forma, y ahora son fetos, que están ahí, muertos, flotando. Suelto el vaso, me imagino que lo suelto, que dejo que se caiga, que explota ese vidrio, con todo eso adentro, y con los hielos, y que se disuelven, ahí, en el piso, me imagino que se deshacen y que me libro, que los dejo ir, que los tengo que dejar ir. Pero no. Vuelvo a la realidad. Agarro fuerte el vaso. Y tomo.
            Estamos acostados, desnudos. No hablamos, creo que porque no hay nada que decir, está todo demasiado acentuado, la autodestrucción, mía, la de dejarme usar; y su desinterés, su molestia de que mis piernas, estén ahí rozando las suyas, de que mi pelo esté pinchándole el cuello, de que yo esté ahí, al lado de él, y de que no me haya ido. Quiero abrazarlo. Quiero llorar, y pedirle que me quiera un rato, de mentira, y explicarle que estoy rota, que no me importa quienes seamos, que me abrace, que me quiero sentir unida, por un momento, y que después si quiere que me odie, que no me importa, que da igual, que sólo quiero ese cariño ficticio para sentir que soy algo más que lo que creo que soy, que lo que, de hecho, estoy siendo en este momento, que necesito que me mienta. Quiero decirle que por eso lo quiero, a él, porque necesito que me lastimen, que me desprecien, que me demuestren que no valgo nada, que necesito jugar con eso, porque es lo único que me sale hacer, porque es esa morbosidad la que me llena. Pero me quedo callada. Él me da la mano, y me la acaricia. Yo hago lo mismo, le acaricio la mano, pero fuerte al principio y suave después. Él me la aprieta fuerte. Quiero querer soltarlo, querer sacarle la mano e irme, quiero poder dejarlo ahí, a él, sólo, desnudo, tirado, en la cama. Pero no quiero. Él me aprieta más fuerte, y yo dejo que mi mano duerma, que se ajuste, que se acostumbre, que se deje.
            En la oficina todo está ordenado, las facturas por fecha, muchos papeles divididos, en estanterías, sobres apilados, perfectos, nuevos. Todos los sellos en un cajón. Lo único que tengo que hacer es encontrar las facturas que me dicen, y pasarlas a la computadora. Es un trabajo fácil porque no tengo que pensar mucho, por eso mientras tipeo no pienso en las exportaciones de carne para perros a Uruguay, si no que pienso en cualquier otra cosa, generalmente en qué estará haciendo Martín, o en cuánto falta para irme, o en qué voy a hacer el fin de semana, o en la facultad, en si seguir estudiando, o no, o simplemente en algo tan monótono y tan intrascendente como en el ruido de mi tipeo, rápido, constante, que a pesar de mis pensamientos no cesa, sigue, y por un momento soy eso, me vuelvo ese tipeo interminable, infinito, esos golpes que no cesan, pero que no significan nada, que son números, o letras, que no me interesan, que no me pertenecen, si no que es algo más para dejar ahí, en el documento de Word. Algo más para poder irme, para terminar, e irme. Y el ruido de la lluvia se inserta de repente entre esos golpes, y me acuerdo de que está lloviendo, de que desde la mañana que no para de llover. Pienso entonces, que si no para, voy a tener que mojarme, indefectiblemente. Que al final, sería otra más de todas esas cosas, que uno no puede cambiar, por más que quiera.  
           

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Tornillos
Nos reímos. Lo miro a los ojos. Bien fuerte. Le agarro el brazo, y tironeo. Lo acerco hacia mí. Quedamos cerca, demasiado cerca. Y le rompo la boca, sí, yo, y él me sigue, y lo rodeo con mis brazos, lo agarro, y en eso, él me separa. Me corre. No, pará. En serio. Y se va.
            La caja de herramientas de papá. La abro cuando no está, y revuelvo, le toco las cosas, sé que no le gusta, sé que le molesta, entonces cuando se va lo hago, para que no me vea, y entonces no sepa. Tornillos. Tiene muchos, muchísimos, los veo y me divierte tocarlos, desordenarlos, porque los veo tan ordenados, cada uno en su casillero, en la cajita, grandes, chicos, y no tan chicos, y no tan grandes, y todos con forma de espiral. Agarro uno y le paso el dedo, y aprieto fuerte la punta contra mi pulgar para ver si pincha, y como no duele aprieto más, y más fuerte, hasta que sí, hasta que duela.
            Ahora está cantando. Yo le miro las zapatillas, miro como se mueven, y después subo, y le miro la cara, los ojos cerrados, y bajo a los dedos, que se mueven, que no paran de moverse, y voy a los pies otra vez, que bailan, que están bailando. Suena fuerte. Vuelvo a mirarle los ojos, cerrados, y casi hago fuerza, para que los abra, para que vea, como si me molestaran, los ojos dormidos, como un paquete cerrado, que molesta, que dan ganas de abrirlo. Y él sigue con los ojos cerrados, cantando, y en eso levanta una mano y la apoya en el aire, y mueve los dedos, y me dan ganas de pincharlo, de pincharlo bien fuerte, para despertarlo, para que los abra, para que abra los ojos.
            Pasó bastante rato. Él me dijo que me quedara, que cuando a él le pareciera que yo había recapacitado, que ahí me iba a dejar salir. Pero pasó tiempo, bastante. Empiezo a pensar que se quedó dormido. Quiero creer que no, que mejor pensar en otra cosa, que cuando menos lo espere voy a escuchar los pasos, desde su cuarto hasta la puerta del baño, y el ruido de la llave, girando. Pero no pasa. Y el tiempo sí. El tiempo sí pasa. Me acuesto en el piso y lloro, despacio. Y me duermo yo.    
            Estoy sentada. Él me pasa por al lado, como si nada, me ignora, mientras yo lo veo, mientras yo lo veo pasar, alto, muy alto, mientras mi cabeza está hacia arriba, yo, desde abajo. Y no, no me ve. Y sus tobillos, me dan ganas de agarrárselos, de agarrarle los tobillos y hacerlo caer, y agarrarlo con fuerza, y no dejarlo ir, y que me mire, que me mire mientras lo arrastro, desesperada, de los tobillos.
            Vaga, me dice que soy una vaga, que no voy a llegar a nada así, que me porto mal, que no lo respeto, a él, a mi papá, que no lo valoro, eso, que soy una desagradecida. No le contesto. Él sigue, me grita, me dice que no llore, que no sea maricona, que si sigo voy a ligar. Que no puedo quedarme sentada, ahí, llorando, por todo, que no hago nada bien, que no hago nada, que tengo que hacer algo. Hacer algo.
            Se agacha, creo que vio algo en el piso, y se ríe, y me dice tomá, el tornillo que se te cayó, y me lo da, me pone un tornillo en la mano, y nos reímos, aunque yo me ría de compromiso, o de ironía, de que sea gracioso, un tornillo, un pinchazo, él me lo da y lo guardo en mi puño, debe ser porque todavía no me pinche demasiado, que me lo da, que falta. Y él me abraza, me dice que siga bien, y que me cuide, que me cuide mucho. Y se va, y me deja ahí, sola, con el tornillo en el puño cerrado, con ese pinchazo que me falta, con esa decisión, con la duda, con los ojos cerrados, sí, también, que no saben qué hacer, que no saben qué significa qué, si abrirse es pincharse o no, o viceversa, o si abrirse es tirar el tornillo, y que vuelva, que vuelva a ese lugar donde estaba antes.

           


martes, 7 de junio de 2011

Esperar

¿Será porque me trajiste vos? No sé. Pero me siento, en el mismo lugar, al aire libre, como algún martes. Me pido un café, el mismo que ese día, pero no porque lo haya pedido ese día, ni porque lo haya pedido con casi todos los hombres, todas las veces que me senté en una cafetería. No por todos los hombres, ni por el último (vos), si no por mí. Porque a mí me gusta ese café, el cortado. Entonces, lo pido.
Y te imagino, sentado al lado mío, pidiendo café con leche. Como un nene.  Tengo la sensación de que esta silla, es mi silla, pero más que una silla, es mi lugar en la vida, yo, ahí, sentada. Yo, mirando al que me hace mierda, mirando su mirada. Con ganas. De él y mías. De los dos. Porque esta silla me sostiene. O al menos, eso es lo que yo creo.
Hay un tipo en la mesa de al lado. Dice que no tiene todo el tiempo del mundo. Que pidió hace veinte minutos. La moza le pide disculpas. Le dice que enseguida se lo trae. Me deja el cortado y se va. El tipo sigue puteando. Dice que son todos unos vagos de mierda, que es por cómo los educan hoy en día. Dice algo de los límites. Lo miro. No lo conozco, pero me parece otro hijo de puta.
Mi viejo. Me acuerdo, no me olvido más, me tironea del pelo. Me lleva al baño. El piso está frío, me acuerdo de eso también. Primero hay silencio, después no, después escucho a mi vieja llorar. Después lloro yo. Él sigue. Muchos pafs. Efímeros, y a la vez, interminables. Ya vas a ver, vas a aprender… Vas a aprender, te lo juro. Silencio. Llora mamá. Lloro yo. Me sigue puteando. Sigo llorando. Se va. El piso está frío. Silencio, de nuevo.
El tipo, ahora con su café (juraría que con leche), sigue. Castigo, eso necesitan. Si no les marcás el límite, no entienden…
Santa Teresita, el verano pasado. Con tres amigas. Estoy tan en pedo que me olvidé de lo único que me pidió la dueña del departamento, una de mis amigas, que no me coja al flaco en su cama. Lo único que me pidió. Y me olvido.  Abre la puerta. Nos ve cogiendo.  Estuvimos hablando, con las chicas. Te pasaste de la raya. Encima que no pagamos alquiler. Y sabías que Flor no tenía un buen día. Flor dijo que fuiste egoísta, que esta noche no podés caer con ningún flaco al departamento. A mí me parece bien.
Me agarra del cuello, y me pellizca. Me sienta a la fuerza enfrente de la computadora. ¿La ves, no? Muevo la cabeza. Bueno, es mía. Como todo en esta casa. Acá hay reglas. Y las tenés que cumplir. Si no las cumplís, te quedas sin nada. Me vuelve agarrar del cuello. Me acerca al monitor. La usás, y te cago a palos. Estás castigada. ¿Entendés?
La libertad es circunstancial, dice. Mi profesor. Dice que podemos elegir, pero que estamos atados a algo así como un tramado de construcciones sociales, ya establecidas desde que venimos al mundo. Entonces elegimos, pero no podemos escapar del tramado. De sogas que nos atan. Lo dibuja en el pizarrón y son como flechas. Flechas que nos unen, y nos limitan. Y si las queremos romper, si queremos intentar romperlas, somos marginados, de alguna forma. Tenemos que ver más allá, muchachos, dice. No hay casualidades acá. Todo tiene una función. Mi profesor tendrá treinta y pico, y no sé bien si es el pelo, o algunas facciones, pero me hace acordar mucho a ese flaco, en algún baño, agarrándome. No me besa, no, besar no, estoy segura, me absorbe, me come, desesperado.   Me la mete, mientras me sigue comiendo, y no sabe que soy virgen. Y me duele, porque me la mete fuerte, y no para, ni un segundo. Yo grito, y no sé, creo que en algún punto, me gusta. Me gusta sentir ese roce, esa violencia para hacer entrar algo, en un lugar que antes no entraba.      
Ya me tomé el café. Miro el reloj, tendrías que haber llegado hace media hora. Me pido otro. El tipo de al lado mío ya se fue, y está atardeciendo.
Te vuelvo a imaginar, como si hubieras llegado. Me sonreís. Desde la mesa veo una pareja, que está adentro. Y nos imagino, riendo como ellos, riendo. Me encanta este lugar. Por eso te traje. ¿No es hermoso? Me quedo mirando las enredaderas, que son infinitas. Te contesto. Sí, es hermoso. Muy lindo, en serio. Me acariciás la cara. Estás pensando que soy una nena, ya sé. Estoy segura. Y te gusta, bien que te gusta.
Tengo que contarte muchas cosas. Leí ese libro que me recomendaste, y me gustó, aunque creo que me gustó más que me lo hayas recomendado vos. Se me ocurrieron un montón de cosas, para escribir un cuento en el que estás. No sé si te lo voy a mostrar, pero la cuestión es que creíste en mí. Aunque sea por un segundo. Creíste. Y te agradezco, no sabés cuánto. Por eso espero que llegues, y que me cuentes vos también cómo andás, y qué andás haciendo. Hace mucho que no sé de vos.
Estamos caminando. Hablamos no sé de qué, de alguna boludez seguro. Yo digo pavadas cuando quiero disimular que estoy nerviosa. Entonces digo pavadas, seguro. Vos no te das cuenta, pero yo tengo una mano en el bolsillo, y mientras caminamos agarro fuerte el barquito que me diste, como si agarrarlo fuerte me diera la seguridad de algo. Qué patético, ¿no? No te culpo por no quererme, al final de todo, no soy nadie. Vos no querés que yo sea alguien. Porque no te interesa, y no te culpo. Yo agarraba el barquito, y vos, seguramente, lo dejaste ir nada más. No te diste cuenta de que me habías entregado un viaje, o sí, o sí te diste cuenta y lo hiciste a propósito. Para ver mi mirada. Mi mirada de ilusión, aunque ya corrupta, ilusión, algo de ilusión. Supongo que a eso te dedicás, a construir ilusiones y a verlas explotar. A explotarlas, después de haberlas fabricado minuciosamente.
Me promete, mi viejo me promete, que me va a llevar. Me cuenta de las canchas, me explica como pegarle a la pelota con una raqueta imaginaria. Me dice que me va a comprar la mejor raqueta, me dice que tengo que ser la mejor. Que por eso me va a llevar. Que no sea vaga, que esta vez me ponga las pilas. Me dice que me va a comprar unas zapatillas especiales, también. Yo lo escucho, atenta, y mientras, estoy ahí, entre el polvo de ladrillo y el sol. Él se rie. Y para de hablar. Y no entiendo. ¿Estás loca? ¿Te lo creíste? Si sos una vaga. No durás ni dos minutos jugando al tenis. Se ríe. Al tenis –risita-, vos…
Seguro que tuviste mucho laburo, y por eso todavía no llegaste. Te entiendo, siempre estás hasta las manos, haciendo horas extra y eso. No te mando mensaje porque sé que no te gusta que te molesten, cuando estás laburando. Seguro que por eso tampoco me mandaste mensaje. Yo te entiendo. En serio. Ya sé, ya sé que no te conozco, me lo decís siempre, pero te tengo aprecio. No pienses que no sé lo que querés de mí. Yo sé que no me querés. Pero yo, qué se yo, te tengo cariño. No me preguntes por qué. Capaz porque me gusta lo que me hace mierda, pero con clase. Y vos tenés clase para eso. Y lo sabés.
No es raro que siempre, sin explicación, sin asociación previa: Martín. Qué feo que es cuando las cosas se complican. Y las cosas se complicaron, por eso. Él ahora baja los ojos. Hacia mí. Yo lo miro. Lo sigo mirando, porque en él se reúne todo, lo desgastado y lo que, en alguna forma, lo hace hermoso por ser así. Aunque me duela mirarlo, aunque me duela mirar lo que alguna vez no fue así, lo que pudo haber sido distinto, una mirada que quiero que sea mía, pero mía públicamente y no mía a las escondidas. Mirarlo es mirar haber perdido el derecho, el derecho a abrazarlo, a que me abrace, a que ahora sólo quede ese abrazo que es el imaginario, una mezcla entre el que fue y el que gustaría. Y lo miro. Y lo extraño.
¿Te habrás olvidado de venir? No, no creo. Vos no te olvidás. A lo sumo te hacés el colgado. Espero que no tardes mucho más. Tengo mucho para contarte, y no vamos a tener tiempo. Porque yo me tengo que volver temprano, que mañana laburo. Y vos trabajás a la mañana, también. Seguro que estás por llegar. Dale, apurate.
Me pregunto por qué querés volver a verme, después de tanto tiempo. Después de que no habláramos. Yo siempre seguí pensando en vos. En qué será de tu vida. En qué andarás.  Me lo pregunto todo el tiempo. Será porque, ¿te acordás?, me dijiste que mi mirada era fuertísima, que cuando cogiéramos te tenía que mirar sí o sí, que por favor, que cuando cogiéramos que te mirara. Y eso me encantó, así que me pregunto si será por eso que pienso tanto en vos, entre otras cosas. Y me sorprendió, me sorprendió que quisieras verme.
Hace una hora y media que te estoy esperando. Me hacés acordar a Martín, cuando me dijo que iba a venir a mi cumpleaños. Y lo esperé. Practiqué lo que le iba a decir, y hasta me pinté, que yo nunca me pinto. Yo le había pedido un abrazo fuerte. Eso le había pedido que me regalara, nada más. Hasta invité a la novia, lo que sea, con tal de verlo. Me senté, en una silla también, en algún punto la misma en la que estoy ahora. Y lo miré. Lo imaginé llegar. Una y otra vez.
Me cierra la puerta del único baño que tenemos en casa y me deja ahí, sola, llorando. Me dice que me calme, que  si me calmo va a ver si me deja salir. Que por ahora me voy a quedar ahí, que tengo que reflexionar. Entonces bajo la tapa del inodoro y me siento. Aunque me sea doloroso sentarme, al menos me siento ahí, y no en el piso. Algo es algo. No me acuerdo bien en qué cosas pienso, pero sí me acuerdo que sé, que de alguna manera entiendo, o empiezo a entender, que me espera aprender a sentarme, que me espera saber sentarme, porque voy a tener que hacerlo, por mucho tiempo.
Dos horas, y me siento una estúpida. Estoy resignada a que llegues. Y justo en ese momento, te veo. Te acercás, sin apuro, porque sabés, seguro que porque sabés que no te voy a decir nada. Y me sonreís.  Te sentás, al lado mío, igual que ese día. Y me empezás a boludear, me decís que te atrasaste, que tuviste laburo, que no pudiste mandar mensajes porque no tuviste tiempo. Te clavo los ojos. Y me respondés con esa mirada, tan fuerte como la mía, producto de haber visto las mismas cosas, pero ahora mirando algo distinto. Te pido perdón, y vos no entendés. Pero yo sí, yo sí entiendo. Agarro mis cosas. Me levanto. Me agarrás del brazo, fuerte, muy fuerte, para que me quede. Me pedís que me quede. Te digo que se me hizo tarde. Te digo que ya es tarde. Y por si no entendiste lo que quise decir, meto la mano en el bolsillo. Saco el barquito, y te lo dejo en la mesa.

                                                            


sábado, 28 de mayo de 2011



Entre rejas

Che, te tengo que decir algo. No vas más a gimnasia deportiva. Porque queda muy lejos. Aparte aumentó, y nos sale carísimo. Preferimos gastar esa plata en otras cosas. Más importantes.
Me mira a los ojos. Sin vergüenza. Sin dolor. Mira mi vergüenza. Mira mi dolor. No es la primera vez, ni la última. No duro más de un par de meses en lo que sea que haga. Depende de la conveniencia. Depende del humor de turno.
No te pongas mal, ¡Ey! Por ahí más adelante volvés. No seas dramática. No es la muerte de nadie.
Bajo la cabeza. No quiero que me miren más. Quiero ser infeliz a solas, aunque sea esta vez.
Me acuerdo de mi maestra. Tendrías que escribir más, escribís bien, en serio.
Es que leo. Por eso debe ser.
Entonces me siento a escribir, un rato. Cualquier cosa, lo primero que viene. Lo que salga.
En ese momento no entiendo, pero ahora sí. Escribo ese rato, y de alguna manera, estoy sabiendo. Estoy sabiendo que nadie, nunca, me puede negar lo que se necesita para escribir. Que así, nadie me puede impedir crecer. Porque no existen tales rejas. Porque a la vez, es un proceso dónde, inexorablemente, no hay retroceso. No hay posibilidad alguna de que me dejen de llevar. No queda lejos. No sale plata. Entonces escribo. Y lo hago porque no tengo nada más. Porque es lo único que me queda. Y me define. Y termino amando que así sea.