Esperar
¿Será porque me trajiste vos? No sé. Pero me siento, en el mismo lugar, al aire libre, como algún martes. Me pido un café, el mismo que ese día, pero no porque lo haya pedido ese día, ni porque lo haya pedido con casi todos los hombres, todas las veces que me senté en una cafetería. No por todos los hombres, ni por el último (vos), si no por mí. Porque a mí me gusta ese café, el cortado. Entonces, lo pido.
Y te imagino, sentado al lado mío, pidiendo café con leche. Como un nene. Tengo la sensación de que esta silla, es mi silla, pero más que una silla, es mi lugar en la vida, yo, ahí, sentada. Yo, mirando al que me hace mierda, mirando su mirada. Con ganas. De él y mías. De los dos. Porque esta silla me sostiene. O al menos, eso es lo que yo creo.
Hay un tipo en la mesa de al lado. Dice que no tiene todo el tiempo del mundo. Que pidió hace veinte minutos. La moza le pide disculpas. Le dice que enseguida se lo trae. Me deja el cortado y se va. El tipo sigue puteando. Dice que son todos unos vagos de mierda, que es por cómo los educan hoy en día. Dice algo de los límites. Lo miro. No lo conozco, pero me parece otro hijo de puta.
Mi viejo. Me acuerdo, no me olvido más, me tironea del pelo. Me lleva al baño. El piso está frío, me acuerdo de eso también. Primero hay silencio, después no, después escucho a mi vieja llorar. Después lloro yo. Él sigue. Muchos pafs. Efímeros, y a la vez, interminables. Ya vas a ver, vas a aprender… Vas a aprender, te lo juro. Silencio. Llora mamá. Lloro yo. Me sigue puteando. Sigo llorando. Se va. El piso está frío. Silencio, de nuevo.
El tipo, ahora con su café (juraría que con leche), sigue. Castigo, eso necesitan. Si no les marcás el límite, no entienden…
Santa Teresita, el verano pasado. Con tres amigas. Estoy tan en pedo que me olvidé de lo único que me pidió la dueña del departamento, una de mis amigas, que no me coja al flaco en su cama. Lo único que me pidió. Y me olvido. Abre la puerta. Nos ve cogiendo. Estuvimos hablando, con las chicas. Te pasaste de la raya. Encima que no pagamos alquiler. Y sabías que Flor no tenía un buen día. Flor dijo que fuiste egoísta, que esta noche no podés caer con ningún flaco al departamento. A mí me parece bien.
Me agarra del cuello, y me pellizca. Me sienta a la fuerza enfrente de la computadora. ¿La ves, no? Muevo la cabeza. Bueno, es mía. Como todo en esta casa. Acá hay reglas. Y las tenés que cumplir. Si no las cumplís, te quedas sin nada. Me vuelve agarrar del cuello. Me acerca al monitor. La usás, y te cago a palos. Estás castigada. ¿Entendés?
La libertad es circunstancial, dice. Mi profesor. Dice que podemos elegir, pero que estamos atados a algo así como un tramado de construcciones sociales, ya establecidas desde que venimos al mundo. Entonces elegimos, pero no podemos escapar del tramado. De sogas que nos atan. Lo dibuja en el pizarrón y son como flechas. Flechas que nos unen, y nos limitan. Y si las queremos romper, si queremos intentar romperlas, somos marginados, de alguna forma. Tenemos que ver más allá, muchachos, dice. No hay casualidades acá. Todo tiene una función. Mi profesor tendrá treinta y pico, y no sé bien si es el pelo, o algunas facciones, pero me hace acordar mucho a ese flaco, en algún baño, agarrándome. No me besa, no, besar no, estoy segura, me absorbe, me come, desesperado. Me la mete, mientras me sigue comiendo, y no sabe que soy virgen. Y me duele, porque me la mete fuerte, y no para, ni un segundo. Yo grito, y no sé, creo que en algún punto, me gusta. Me gusta sentir ese roce, esa violencia para hacer entrar algo, en un lugar que antes no entraba.
Ya me tomé el café. Miro el reloj, tendrías que haber llegado hace media hora. Me pido otro. El tipo de al lado mío ya se fue, y está atardeciendo.
Te vuelvo a imaginar, como si hubieras llegado. Me sonreís. Desde la mesa veo una pareja, que está adentro. Y nos imagino, riendo como ellos, riendo. Me encanta este lugar. Por eso te traje. ¿No es hermoso? Me quedo mirando las enredaderas, que son infinitas. Te contesto. Sí, es hermoso. Muy lindo, en serio. Me acariciás la cara. Estás pensando que soy una nena, ya sé. Estoy segura. Y te gusta, bien que te gusta.
Tengo que contarte muchas cosas. Leí ese libro que me recomendaste, y me gustó, aunque creo que me gustó más que me lo hayas recomendado vos. Se me ocurrieron un montón de cosas, para escribir un cuento en el que estás. No sé si te lo voy a mostrar, pero la cuestión es que creíste en mí. Aunque sea por un segundo. Creíste. Y te agradezco, no sabés cuánto. Por eso espero que llegues, y que me cuentes vos también cómo andás, y qué andás haciendo. Hace mucho que no sé de vos.
Estamos caminando. Hablamos no sé de qué, de alguna boludez seguro. Yo digo pavadas cuando quiero disimular que estoy nerviosa. Entonces digo pavadas, seguro. Vos no te das cuenta, pero yo tengo una mano en el bolsillo, y mientras caminamos agarro fuerte el barquito que me diste, como si agarrarlo fuerte me diera la seguridad de algo. Qué patético, ¿no? No te culpo por no quererme, al final de todo, no soy nadie. Vos no querés que yo sea alguien. Porque no te interesa, y no te culpo. Yo agarraba el barquito, y vos, seguramente, lo dejaste ir nada más. No te diste cuenta de que me habías entregado un viaje, o sí, o sí te diste cuenta y lo hiciste a propósito. Para ver mi mirada. Mi mirada de ilusión, aunque ya corrupta, ilusión, algo de ilusión. Supongo que a eso te dedicás, a construir ilusiones y a verlas explotar. A explotarlas, después de haberlas fabricado minuciosamente.
Me promete, mi viejo me promete, que me va a llevar. Me cuenta de las canchas, me explica como pegarle a la pelota con una raqueta imaginaria. Me dice que me va a comprar la mejor raqueta, me dice que tengo que ser la mejor. Que por eso me va a llevar. Que no sea vaga, que esta vez me ponga las pilas. Me dice que me va a comprar unas zapatillas especiales, también. Yo lo escucho, atenta, y mientras, estoy ahí, entre el polvo de ladrillo y el sol. Él se rie. Y para de hablar. Y no entiendo. ¿Estás loca? ¿Te lo creíste? Si sos una vaga. No durás ni dos minutos jugando al tenis. Se ríe. Al tenis –risita-, vos…
Seguro que tuviste mucho laburo, y por eso todavía no llegaste. Te entiendo, siempre estás hasta las manos, haciendo horas extra y eso. No te mando mensaje porque sé que no te gusta que te molesten, cuando estás laburando. Seguro que por eso tampoco me mandaste mensaje. Yo te entiendo. En serio. Ya sé, ya sé que no te conozco, me lo decís siempre, pero te tengo aprecio. No pienses que no sé lo que querés de mí. Yo sé que no me querés. Pero yo, qué se yo, te tengo cariño. No me preguntes por qué. Capaz porque me gusta lo que me hace mierda, pero con clase. Y vos tenés clase para eso. Y lo sabés.
No es raro que siempre, sin explicación, sin asociación previa: Martín. Qué feo que es cuando las cosas se complican. Y las cosas se complicaron, por eso. Él ahora baja los ojos. Hacia mí. Yo lo miro. Lo sigo mirando, porque en él se reúne todo, lo desgastado y lo que, en alguna forma, lo hace hermoso por ser así. Aunque me duela mirarlo, aunque me duela mirar lo que alguna vez no fue así, lo que pudo haber sido distinto, una mirada que quiero que sea mía, pero mía públicamente y no mía a las escondidas. Mirarlo es mirar haber perdido el derecho, el derecho a abrazarlo, a que me abrace, a que ahora sólo quede ese abrazo que es el imaginario, una mezcla entre el que fue y el que gustaría. Y lo miro. Y lo extraño.
¿Te habrás olvidado de venir? No, no creo. Vos no te olvidás. A lo sumo te hacés el colgado. Espero que no tardes mucho más. Tengo mucho para contarte, y no vamos a tener tiempo. Porque yo me tengo que volver temprano, que mañana laburo. Y vos trabajás a la mañana, también. Seguro que estás por llegar. Dale, apurate.
Me pregunto por qué querés volver a verme, después de tanto tiempo. Después de que no habláramos. Yo siempre seguí pensando en vos. En qué será de tu vida. En qué andarás. Me lo pregunto todo el tiempo. Será porque, ¿te acordás?, me dijiste que mi mirada era fuertísima, que cuando cogiéramos te tenía que mirar sí o sí, que por favor, que cuando cogiéramos que te mirara. Y eso me encantó, así que me pregunto si será por eso que pienso tanto en vos, entre otras cosas. Y me sorprendió, me sorprendió que quisieras verme.
Hace una hora y media que te estoy esperando. Me hacés acordar a Martín, cuando me dijo que iba a venir a mi cumpleaños. Y lo esperé. Practiqué lo que le iba a decir, y hasta me pinté, que yo nunca me pinto. Yo le había pedido un abrazo fuerte. Eso le había pedido que me regalara, nada más. Hasta invité a la novia, lo que sea, con tal de verlo. Me senté, en una silla también, en algún punto la misma en la que estoy ahora. Y lo miré. Lo imaginé llegar. Una y otra vez.
Me cierra la puerta del único baño que tenemos en casa y me deja ahí, sola, llorando. Me dice que me calme, que si me calmo va a ver si me deja salir. Que por ahora me voy a quedar ahí, que tengo que reflexionar. Entonces bajo la tapa del inodoro y me siento. Aunque me sea doloroso sentarme, al menos me siento ahí, y no en el piso. Algo es algo. No me acuerdo bien en qué cosas pienso, pero sí me acuerdo que sé, que de alguna manera entiendo, o empiezo a entender, que me espera aprender a sentarme, que me espera saber sentarme, porque voy a tener que hacerlo, por mucho tiempo.
Dos horas, y me siento una estúpida. Estoy resignada a que llegues. Y justo en ese momento, te veo. Te acercás, sin apuro, porque sabés, seguro que porque sabés que no te voy a decir nada. Y me sonreís. Te sentás, al lado mío, igual que ese día. Y me empezás a boludear, me decís que te atrasaste, que tuviste laburo, que no pudiste mandar mensajes porque no tuviste tiempo. Te clavo los ojos. Y me respondés con esa mirada, tan fuerte como la mía, producto de haber visto las mismas cosas, pero ahora mirando algo distinto. Te pido perdón, y vos no entendés. Pero yo sí, yo sí entiendo. Agarro mis cosas. Me levanto. Me agarrás del brazo, fuerte, muy fuerte, para que me quede. Me pedís que me quede. Te digo que se me hizo tarde. Te digo que ya es tarde. Y por si no entendiste lo que quise decir, meto la mano en el bolsillo. Saco el barquito, y te lo dejo en la mesa.
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